Mexico
 

más allá de la muerte

 

Alma a quien todo un dios prisión ha sido,

venas que humor a tanto fuego han dado,

médulas que han gloriosamente ardido,

 

su cuerpo dejarán, no su cuidado,

serán ceniza, mas tendrá sentido,

polvo serán, mas polvo enamorado.

 

- Francisco de Quevedo

Amor constante más allá de la muerte

Florecillas silvestres 

amarillo dorado y azul jacaranda 

brotan 

por los caminos aislados

de Jiménez a Hidalgo del Parral. 

Florecen 

entre el asfalto y el alambrado de púas

que apuñala fronteras. 

 

Tras las hileras-navaja, 

ovejas color marfil

pastan en bucólica aurora 

cuidadas por fieles pastores color de miel.

 

Nobles caballos áureos

completan 

el paisaje de idilio, 

pero en la esquina de cada parcela,

blanqueadas calaveras vacunas  

miran 

hacia el oasis que no alcanzaron.

 

En las resquebrajadas riberas del Colorado, 

la sangre morena de mujeres y niñas   

empapa maquilas, drogas, dedos de púas,

siembra de sal y hierro 

la tierra baldía de la frontera.  

 

Las lágrimas de las madres 

riegan el aire reseco,

forman amarga costra de pena

en el paisaje de guerra. 

 

A la entrada de Valle de Allende  

se irgue 

un majestuoso roble color arena.

Murió hace años, 

si por vejez o falta de lluvia,

ya nadie recuerda. 

Su esqueleto atestigua 

la persistencia de la vida 

más allá de la muerte.

 

La tierra baldía de la frontera  

se ahoga de sangre, 

se agrieta de pena, 

gime con insepultos huesos 

que ningún sol blanquea,

con calaveras de hijas 

que miran hacia la vida

que la frontera de drogas,

maquilas, garras salvajes 

les ha negado.

 

En Valle de Allende 

se irgue

el corazón de un noble roble,  

perdura 

más allá de la muerte. 

 

Y entre el asfalto y el alambrado,

florecillas amarillo dorado y azul jacaranda 

susurran 

fidelidad constante 

más allá de la muerte.

Beyond Death

 

Alma a quien todo un dios prisión ha sido,

venas que humor a tanto fuego han dado,

médulas que han gloriosamente ardido,

 

su cuerpo dejarán, no su cuidado,

serán ceniza, mas tendrá sentido,

polvo serán, mas polvo enamorado.

 

- Francisco de Quevedo

"Amor constante más allá de la muerte" 1

Wildflowers 

buttercup yellow, azure blue 

bloom through the back roads. 

From Jiménez to Hidalgo del Parral,

they grow 

between the asphalt and the razor wire

that stabs frontiers.

 

Behind the barbed wire, 

faithful shepherds

guard ivory-colored sheep 

grazing in bucolic dawn.

 

Golden horses add a regal note 

to the idyllic landscape, 

but in the corner of each parcel, 

sun-bleached bovine skulls 

face the water they did not reach.

 

On the shores of the Rio Grande, 

the cinnamon-colored blood 

of innocent young women 

soaks maquilas, savage hands,

sprays with salt and iron

the border’s waste land.

 

Mothers’ tears

water the parched air,

form a bitter crust 

in the landscape of war.

 

At the entrance to Valle de Allende

stands 

a majestic, sand-colored oak.

It died years ago, 

if from old age or lack of rain,

it matters not. 

Its skeleton, erect, 

is a testament to the persistence of life 

beyond death.

 

The border’s waste land

drowns in blood,

crawls in shame, 

moans with unburied bones 

no sun will bleach,

with daughters’ skulls 

that gaze at the life

the border of drugs, 

savage hands,

has denied them.

 

In Valle de Allende

stands

the heartwood of an old oak,     

it endures

beyond death.

 

Between the asphalt and the razor wire,

wild flowers 

buttercup yellow, azure blue 

whisper 

fidelity constant

beyond death.

1 Soul for whom nothing less than a god prison has been, / veins that have so many fires stoked, / marrows that have so gloriously burnt, // their body they will abandon, not their care, / ashes they will be, but full of meaning, / dust they will be, but dust in love.

-Francisco de Quevedo, "Love Constant Beyond Death" (My translation).

 
Cuando hablar de árboles…

La bien conocida frase de Adorno que figura como epígrafe se ha inmortalizado en diferentes variantes como “No se puede escribir poesía después de Auschwitz” o “Imposible escribir bien, literariamente hablando, sobre Auschwitz.”  Si aceptamos esta máxima en su significado literal, tendremos que preguntar...

y todos los tzotziles de la tierra...

Acteal, San Pedro de Chenalhó, 22 de diciembre de 1997

I.

 

De mañana, la comunidad reza.

Piden justicia. Piden respeto.

Y las balas son su respuesta.

Y las balas expansivas y los machetes son su respuesta.

 

De hinojos está el pueblo cuando suenan los tiros.

Con sus machetes los hieren, con sus rifles los matan, 

con sus metralletas los masacran.

 

A tajos abren a una mujer, del vientre le arrancan a su hijo.

Una bala expansiva destroza el cráneo de un niño. 

Al lodo, dispersos, caen sus sesos.

A machetes matan a Susana, 

roban sus enaguas blancas y su hermoso huipil. 

Por el lodo arrastran su ceñidor teñido de rojo.

 

Descalzos, empapados, resbalando en el lodo de sangre,

los tzotziles huyen por el monte.

El hedor de la sangre llena la barranca.

Las entrañas abandonadas en el lodo alimentan a las moscas. 

 

El llanto de los tzotziles suena todo el día.

Alrededor de la tierra se oye su lamentación por los muertos.

En la barranca anochecen los helechos 

salpicados de coágulos y de lágrimas de luna.

 

Mariano llora a su mujer y reparte crisantemos blancos.

En terreno sagrado reúnen a sus muertos.

Mariano llora a sus tres hijas y reparte crisantemos blancos.

En terreno sagrado los entierran,

en cuarenta y cinco ataúdes cubiertos de moscas y de sangre.

 

Mariano, con su único hijo, llora a su mujer. 

Llora a su mujer y a sus tres hijas y reparte crisantemos blancos.

 

En dos fosas comunitarias los entierran, 

en cuarenta y cinco ataúdes cubiertos de moscas y de

crisantemos blancos.

 

El llanto de los tzotziles suena toda la noche.

Alrededor de la tierra se oye la lamentación por sus muertos.

 

En la barranca amanecen los helechos 

salpicados de coágulos y de lágrimas de luna.

 

II.            

 

Los choles, los zoques, los chamulas, 

los tojolabales, los tzeltales:

los indígenas de Chiapas

lloran a sus tzotziles.

 

Los toltecas, los mixtecos, los nahuas, los huicholes, 

los zapotecas, los yaquis, los mayas, los rarámuris:

los indígenas de México

lloran a sus tzotziles. 

 

Los taínos, los mapuches, los araucanos, 

los nazcas, los aymarás, los incas, los guaraníes:

los indígenas de Latinoamérica

lloran a sus tzotziles.

 

Los cheyennes, los pueblos, los hopis, los inuits, 

los pimas, los navajos, los cherokees, los apaches:

los indígenas de América

lloran a sus tzotziles.

 

Los indígenas de Quebec, Los Ángeles, Roma, Coimbra,

Tokio, Bagdad, Moscú, Atenas, Sevilla y Perth:

los indígenas de todos los pueblos de la tierra 

lloran a sus tzotziles.

 

Los indígenas piel roja, los piel amarilla, 

los piel negra, los piel blanca,

los indígenas de los maizales, los ríos, las montañas, 

los desiertos y los mares: 

los indígenas de todos los rincones de la tierra 

lloramos a nuestros tzotziles.

 

Y aún hoy, 

en la barranca de Acteal

anochecen los helechos 

salpicados de coágulos y de lágrimas de luna.

 

and all the Tzotziles of the earth…

Acteal, San Pedro de Chenalhó, 22 December 1997

 

I.

 

In the morning, the community prays.

They ask for justice. They ask for respect.

And hollow-point bullets are their answer.

And hollow-point bullets and machetes are their answer.

 

On the ground they’re kneeling when bullets whistle by.

With their machetes they wound them, with their rifles they kill them, with their machine guns they massacre them.

 

They slash a woman open, from her womb they yank her baby.

A hollow-point bullet tears up a child’s skull.

On the mud, scattered, fall his brains.

With a machete they kill Susana,

steal her white petticoats, her beautiful huipil.

Through the mud they drag her sash splattered in red.

 

Barefooted, soaked, skidding in the mud of blood,

the Tzotziles flee through the hills.

The stench of blood fills the gorge.

The intestines abandoned in the mud feed the flies.

 

The cry of the Tzotziles rings all day.

Their lamentation for the dead is heard around the earth.

At dusk, the ferns in the ravine 

are covered in clots of blood and tears of moon.

 

Mariano cries for his wife and hands out white chrysanthemums.

In sacred land they gather their dead.

Mariano cries for his three daughters and hands out

white chrysanthemums.

In sacred earth they bury them,

in forty-five caskets covered with flies and blood.

 

Mariano, with his only son, cries for his wife.

He cries for his wife and his three daughters and hands out white chrysanthemums.

In two communal graves they bury them,

in forty-five caskets covered with flies and white chrysanthemums.

 

The cry of the Tzotziles rings all night.

The lamentation for their dead is heard around the earth.

At dawn the ferns in the ravine 

are covered in clots of blood and tears of moon.

 

II.            

 

The Choles, the Zoques, the Chamulas,

the Tojolabales, the Tzeltales:

the indigenous peoples of Chiapas

cry for their Tzotziles.

 

The Toltecas, the Mixtecas, the Nahuas, the Huicholes,

the Zapotecas, the Yaquis, the Mayas, the Rarámuris:

the indigenous peoples of Mexico

cry for their Tzotziles.

 

The Taínos, the Mapuches, the Araucanos,

the Nazcas, the Aymarás, the Incas, the Guaranís:

the indigenous peoples of Latin America

cry for their Tzotziles.

 

The Cheyennes, the Pueblos, the Hopis, the Inuits,

the Pimas, the Navajos, the Cherokees, the Apaches:

the indigenous peoples of America

cry for their Tzotziles.

 

The indigenous peoples of Quebec, Los Angeles,

Rome, Coimbra, Tokyo, Baghdad, Moskow, Athens,

Seville, and Perth:

the indigenous peoples of the Earth

cry for their Tzotziles.

 

The Redskins, the Yellowskins, the Blackskins,

the Whiteskins, the indigenous peoples of the corn fields, 

the rivers, the mountains, the deserts, and the seas:

the indigenous peoples of all the corners of the Earth,

we all cry for our Tzotziles.

 

And even today,

in the barranca de Acteal

ferns blossom at night covered in clots of blood,

tears of moon.

 

Chanates y buganvillas

 

Al abrir mi puerta 

veo los chanates

que nadan en la brillante franja de luz

que corre frente a mi casa. 

 

Cuando comprendo que son sombras

de los que vuelan sobre mi techo,

en la transparencia del aire 

veo el negro azabache de su plumaje

con su iridiscencia azul violeta

y escucho su ronca y desafinada voz

decir que, milagroso, 

ha llegado otro día,

que todavía late 

vida en el pueblo.

 

Junto a mi puerta florece 

el rosa violeta de la buganvilla

y el aire fresco de la mañana no arrastra 

el iridiscente olor de la sangre que se derrama 

en las noches negro azabache.

No hay nubes grises que oculten 

la luz del nuevo día

y los chanates carraspean

que puedo guardar

mis preocupaciones de anoche,

que tal vez no lleguen hoy 

noticias de nuevas muertes, 

de padres que lloran a sus hijos ajusticiados 

por los soldados del narcotráfico,

o los del gobierno que, casi niños,

cometen también nefastos errores. 

 

Tal vez esta tarde no tañan 

las roncas campanas de San Antonio,

quizá el señor cura no tenga que consolar hoy 

a la madre de un joven de quince años,

como hizo hace tres días.

 

Su tumba fresca aguarda una cruz nueva

y el carpintero jura que no volverá

a defraudar a jóvenes padres, 

que está ya listo con nueva madera,

con pintura blanca y finos pinceles

para escribir con letra negra

el nombre y la fecha.

 

Las beatas saben que aunque ha pasado

el Día de Difuntos 

no habrá este año descanso para sus viejas manos

y todas las tardes se juntan

con tijeras y pegadura

para confeccionar coronas, cruces, guirnaldas,

de rosas blancas, moradas y rojas 

para las nuevas tumbas.

 

Al sepulturero, 

hombre ya viejo,

le duele la espalda,

algunos días son siete las tumbas.

Sus manos sangran de tanta tierra,

y de las ampollas de la pala y del azadón.

 

Esto va para largo, dice,

y yo solo no puedo,

con más de tres no puedo.

Pide que le contraten

un ayudante,

un hombre maduro 

sin grandes ambiciones,

alguien que no se aloque 

con el poder del revólver,

con el oropel de la droga,

alguien que le dure,

pues esto va para largo.

 

Un padre de hijas prefiere, 

hasta un joven abuelo,

asegura que no quiere 

un hombre que tenga un hijo,

no quiere tener que ayudar a cavar 

el sepulcro de un hijo.

 

En el ocaso,

la iridiscencia de los chanates 

adquiere reflejos cobrizos, 

como de brasas, como rescoldo, 

como cenizas.

 

Como drogados, 

dan vueltas sobre el panteón,  

como si tropezaran,

como si les faltara el aire,

como cortejo fúnebre 

que no quiere fijar la mirada

en el hoyo doble 

que escarba el sepulturero.

Grackles  and Bougainvillea

Translated by María Teresa Azuara

 

When I open my door 

I see the grackles 

swimming in the shining strip of light 

that runs in front of my house.

 

When it dawns on me they are shadows 

of those flying over my roof, 

in the transparency of the air I see 

the violet blue iridescence

of their jet-black plumage 

and listen to their harsh voices 

saying, out of tune, 

that another miraculous day has dawned, 

that life still beats 

in the old town.

 

Next to my door, the violet pink 

of the bougainvillea is blooming 

and the fresh morning air does not drag 

the shimmering smell of the blood shed 

during jet-black nights.

 

No gray clouds hide 

the light of the new day, 

and the grackles squawk hoarsely 

that I can put away 

my fears of last night, 

that maybe today 

we won’t hear of new deaths, 

of parents grieving for their children 

executed by the soldiers of the drug cartels 

or by the army’s baby-faced recruits, 

who also make hideous mistakes.

 

Maybe this afternoon 

the bells of San Antonio will not toll, 

perhaps the priest will not have to console today 

the mother of a fifteen-year old boy, 

as he did three days ago.

 

His fresh grave awaits a new cross

and the carpenter swears 

he will not disappoint young parents again, 

he’s ready with new wood, 

white paint, fine brushes 

to write in black letters 

the name and the date.

 

Though the Day of the Dead is over, 

the church women know 

their old hands will not get a respite this year, 

and every afternoon they gather 

with scissors and glue, 

to make wreaths, crosses, and garlands 

of red, white, and purple roses 

for the new graves.

 

The gravedigger, a stooped old man, 

has a worsening sore back, 

sometimes he digs seven graves in a day. 

His hands bleed with all that soil

and the blisters made by the hoe and the shovel.

 

There’s no end in sight, he says, 

I can’t make it alone, 

I can’t dig more than three in a day.

 

He asks for help, 

says he needs a mature man, 

one without great ambitions, 

someone who won't go crazy 

over the power of guns, 

over the tinsel of drugs, 

someone for the long haul.

 

A father of daughters, 

he wants,

even a young grandfather, 

he's sure he doesn’t want 

a man with a son,

doesn’t want to help dig 

the grave of a son.

 

At dusk, 

the plumage of the grackles 

acquires a coppery shimmer, 

like embers, like cinders,

like hot ashes.

 

As if drugged, 

they whirl over the cemetery 

stumbling, 

out of breath, 

as a funereal cortege 

that avoids staring 

at the double hole 

the old man is excavating.

 i Great tailed grackles (Quiscalus mexicanus).

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