Photo by Gabriel Ortiz Servín

Para escribir con cenizas

Para Sandra Soto Ayers

Nos pediste que las esparciéramos en Camargo,

tu ciudad natal.

Lo intentamos, 

pero tu mujer dijo que las había dejado en una iglesia.

 

Te oí muchas veces burlarte de los sacerdotes, 

la imagen de un hombre en faldas te hacía reír.

 

Te declaraste jacobino, 

luego te casaste con ella, una mujer del sur, 

en una iglesia.

 

Ella no conoce el fluir de las aguas del Conchos, 

ni los extensos desiertos del norte, 

ni a sus hombres altos y sinceros. 

 

Ella susurra, se oculta tras la sotana 

y esconde tus cenizas 

bajo esas faldas clericales,

 

dejándonos sin un lugar 

donde tomarnos de la mano y rezar, 

sin tierra sagrada, sin centro ancestral, 

sin lugar.

 

Por noventa kilos de carne y hueso 

que metió en el crematorio 

recibió unos cuantos gramos que cela. 

 

A mí me quedaron cenizas imaginarias. 

Con ellas formo mis palabras. 

Pero las cenizas apenas son. 

 

Más ligeras que alas de mariposa, 

se esparcen con la brisa y el aliento, 

ondean y desaparecen. 

 

Para fijarlas en esta página, las humedezco

con las lágrimas mi hermana y yo vertimos 

cuando no pudimos decirte adiós, 

las que lloró mi madre 

cuando te casaste con una mujer del sur, 

 

las tuyas, las viejas, amargas, lágrimas bautismales, 

las que lloraste porque no fuí el hijo que deseabas.

Writing with Ashes

 

For Sandra Soto Ayers

You asked us to scatter them in Camargo,

city of your birth.

We tried, 

but your wife said she had left them in a church.

 

I heard you many times joke about priests,

something about men in skirts caused you mirth.

 

You declared yourself a Jacobin, 

and then you married her, a woman from the south, 

in a church.

 

She doesn't know the flowing waters of the Conchos,

the open deserts, 

the tall, plainspoken hombres of the north.

 

She speaks in whispers, hides behind the cloth,

and now she hides your ashes 

underneath a skirt,

 

leaving no place 

where we can hold hands and pray,

no sacred earth, no ancestral center, 

no place.

 

For two hundred pounds of flesh and bones 

that went into the crematorium, 

she got a few grams she hides. 

 

I was left with imaginary ashes. 

With these, I shape my words. 

But ashes are almost not. 

 

Lighter than mariposa wings, 

they scatter with the breeze, or with a breath, 

float away, disappear.

 

To fix them on this page, I moisten them 

with the tears my sister and I shed 

when we could not say farewell, 

the ones my mother cried 

when you married a woman from the south, 

 

your own, the old, bitter baptismal tears you cried 

because I was not the son you wanted.

Photo: Gabriel Servín

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